Hace ocho años

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Hace ocho años, mi rutina en los días de estudio incluía salir media hora por la mañana temprano para ir a conectarme a internet. Hace ocho años, mientras abría la página de El País, leí su mensaje diciéndome que había muerto Heath. Estaba escrito en mayúsculas, con muchos signos de interrogación, con muchas caras tristes. Levanté la vista y vi la ventana en la web confirmando que era cierto.

Es muy dificil explicar algo así. Es muy difícil explicar porqué la muerte de alguien que no conoces te afecta de esta manera. Pero sé que al día siguiente pusieron 10 razones para odiarte en la televisión y no pude soportarlo.

Heath había muerto. Heath. Nuestro Heath. El mismo Heath que sonreía desde aquel recorte en la pared.

Recuerdo que durante unas semanas esperamos que se confirmara que fuera un suicidio. Era un consuelo absurdo, pero cuando M. y yo nos enteramos de que había sido una sobredosis accidental de medicamentos, todo fue un poco peor. Le honramos durante los años que todavía vivimos juntas, recordando este día y marcándolo en el calendario.

Hoy se me ha aparecido Heath en el ordenador y automáticamente me he visto allí sentada. Tecleando que joder, no podía ser, Heath no. Y mientras recuerdo hoy siento la misma tristeza, el mismo nudo en el estómago, los mismos ojos llorosos.

Y ya no sé si es exactamente por Heath o por todo aquello que tenía hace ocho años y hoy ya no tengo.

Por si acaso

Hace unos años, cuando hablaba conmigo misma de nuestras cosas, me parecía que la palabra complicidad lo resumía todo. Supongo que era la manera más fácil de explicar lo que sentía cuando cruzábamos miradas y sonrisas sin necesidad de decir mucho más. Tú te reías y yo no podía contenerme. Hay cosas que podría intentar explicar mil veces y aún así, no conseguiría acercarme a la realidad. Esta es una de ellas, una que aprendí rápido.

Metí aquellas miradas en una cajita y la protegí del viento, del sol, de las temperaturas extremas. Me creí mis propias mentiras mientras intentaba convencerme de que seguían ahí, vivas de algún modo. Todavía conservo esa cajacaja, a veces la abro en medio de la noche y me emborracho de nostalgia. Un par de días al año noto que se mueve y tardo más de lo que debería en convencerme de que seguramente, fuera todo un espejismo.

Solo yo tengo yo tengo acceso a esos recuerdos, te he quitado el derecho a disfrutarlos. Cuando intentas que compartamos, se tensan mis cuerdas. No quiero que recuerdes, no quiero que me digas que no fue así, no necesito escucharte decir que miento, que he falseado los datos, que nunca estuvimos allí. Que aquella canción no sonaba, que aquellas paredes no eran de color rojo, que aquella mañana no olía a nada especial.

Pero el olor de aquella pared se emborronó, como todo aquello que habíamos prometido poco antes. Habían pasado horas y tu ya habías cambiado de idea. Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar a tiempo. Y mientras mis maneras racionales chocaban contra un muro, mis maneras irracionales encontraban una escapatoria subrayando textos de libros que creíacreía que hablaban de mi. Supongo que a veces es bonito creer en algo porque sí. Hasta que dejó de tener sentido, yo dejé de escribirte, dejé de subrayar libros y sin ser muy consciente de ello me sorprendí a mi misma olvidándome de tus cosas.

Y me di cuenta de que no tenía sentido, pero en vez de saltar por la borda sin mirar atrás, decidí guardar en esa cajita una parte de confianza en ti. Por si acaso, me dije. Por si acaso vuelve a oler como olía aquella mañana.

Te quiero pero es raro…

19 de agosto

Ayer miré el calendario y me prometí a mi misma que escribiría esto hoy. Sé que no necesito excusas para ponerme a escribir, que este blog fue desapareciendo poco a poco, pero siempre que pensaba en recuperarlo lo dejaba para otro día. Pero hoy es día 19, hace 16 años que te machaste y he decidido no aplazarlo más.

Siempre me cuesta arrancar, encontrar el momento, decidir sentarme y ponerme a teclear, porque sé que las emociones y los recuerdos harán que se me emborrone la vista.

Lo cierto es que pienso menos en ti desde que A. se murió y por fin os reencontrasteis allí donde estéis. La tranquilidad de saber que por fin descansaba como se merecía tras los peores años posibles. Esta semana, sin embargo, te he tenido más presente de lo normal. Porque a veces las coincidencias son así.

La generación superior a la mía y los supervivientes de la tuya se reunieron y fueron más de 30 personas. Recordaron historias, rieron a carcajadas, comierno, bebieron, bailaron. Y cantaron a gritos siguiendo esa norma que siempre repiten de que ya que se canta mal, por lo menos que se les oiga. El hecho de que escriban nuestros nombres bajo los vuestros me estremece, hace más palpable una ausencia que sé que es obvia, pero que así se hace todavía más mayúscula.

Voy con ellos a tomar algo a un bar donde están anclados mis últimos recuerdos a tu lado. Hace 16 años nos llevaste de excursión, yo llevaba un corte de pelo ridículo y posamos delante del lago. Mientras busco la foto pienso que quizás fue la última que nos sacamos una, porque no sobreviviste aquel maldito verano del 99.

Mamá me dice esta semana, hablando de primos y tíos, que si no llega a ocurrirte lo que te ocurrió, hoy tendrías 92 años y seguramente, estarías más sano que todos nosotros. Hablamos un rato de vosotros y se sorprende de que te recuerde tan bien. Le digo que no era tan pequeña, que viví muchas cosas y muy bonitas con vosotros, que cómo me iba a olvidar. Ella dice que lo hubieráis pasado genial en la reunión del otro día, que A. hubiera disfrutado mucho de la boda de F. del año que viene. Le digo que tu posiblemente no hubieras sobrevivido lo de A., que con lo generoso y entregado que eras, eso hubiera acabado contigo. La simple idea de que eso pudiera haber sido así me pone triste y tengo que mirar para arriba respirando profundo para no ponerme a llorar. Ella no llora nunca y yo lloro demasiado fácil cuando saco este tema, pero sé que le consuela saber que puede hablar conmigo de lo que fuisteis. Aunque sea planteando hipótesis absurdas sobre años de vida que ya no tendréis.

¿Sabes? Vuestra amiga A. sigue por aquí. Vive sola desde el año 2004, cuando su propia desgracia también se acabó. Me la cruzo a menudo por el barrio, porque es una de esas señoras luchadoras que nunca dejan de salir de casa, pase lo que pase. Me mira con una ternura que no me merezco, supongo que buscando en mis ojos los vuestros. El otro día la vi avanzar por la otra acera a plenos sol y la miré pensando que es una auténtica superviviente, que os dijo adiós a todos y sigue ahí, aguantando lo que le venga caminando derecha. Yo cambio siempre de acera para saludarla y que me sonría con ese cariño infinito, porque sé que ella también piensa en vosotros cada vez que me ve y eso me pone feliz de algún modo.

Y sí, no sé muy bien cómo, han pasado 16 años desde que me enseñaste lo que era perder a alguien querido sin más explicación posible. Mis creencias no religiosas se confunden con esta esperanza de paraíso donde espero que estéis juntos y felices, también bailando y bebiendo, con vuestros padres, con el tío C., sin dejar de asomaros al mundo de vez en cuando para echarnos un vistazo, supervisándonos, tapándoos los oídos y riéndoos al daros cuenta de que sí, seguimos cantando muy mal.

Don Gabriel García Márquez

“Llovió cuatro años, once meses y dos días. hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara  de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento”.

“Intrigado con ese enigma, escarbó tan profundamente en los sentimientos de ella que buscando el interés encontró el amor, porque tratando de que ella lo quisiera terminó por quererla”.

En mi verano de los 18 decidí que no podía vivir uno más sin leer esa mierda llamada Los pilares de la tierra. Qué verano aquél verano. Una de las mayores decepciones literarias de mi vida. Fue justo después cuando decidí que a partir de entonces, solo leería clásicos. Novelas consagradas, obras maestras, que la vida es muy corta, que qué coño hacía yo entregándome a la construcción de catedrales sin cimientos. Así que me presenté en la facultad de periodismo habiendome dejado la salud mental y la vista en 1021 páginas de papel biblia pero sin haber abierto Cien años de soledad. Empezando con fuerza.

Conocía a García Márquez, le había estudiado, me habían obligado a leer Crónica de una muerte anunciada. Le conocía sin conocerle, porque todavía no me había dejado huella. Esa huella imborrable de saber que alguien es mucho más grande que las palabras, la admiración en letra negrita y mayúscula, la magia pura y dura, la fe en una profesión.

Tenía una lista de las obras maestras escritas en castellano que eran una obligación. Yo entonces leía mucho, mucho más que ahora. Llevaba la lista en la cartera, pedía libros por cumpleaños y reyes. Consultaba obras, qué podía leer, qué me gustaría, se cruzó Marías en mi vida. Me costó entender que la conclusión siempre era la misma: tenía que leer Cien años de soledad.

Y no lo hice hasta el año 2008, pero cuando lo hice fue jodidamente precioso.

Fue como si todo hiciera “clic”, como si no hubiera leído nada antes, como si todas las palabras positivas escritas sobre ese libro no fueran suficientes. No lo son, no lo serán. Es una montaña de arena de dimensiones infinitas. Qué puedo añadir yo que no se haya añadido ya. Aquí mis palabras, mi escalofrío al enterarme de su muerte, esas ganas tan absurdas de querer darle un abrazo, de admiración, de que todo lo que pueda decir se va a quedar corto.

Después vinieron más libros, las tapas rojas de El amor en los tiempos del cólera, las dedicatorias perdidas en El coronel no tiene quien le escriba, esa gaviota desplumada de Relato de un náufrago. Este artículo maravilloso sobre Galicia. Todas esas frases que pese a estar tan manidas son siempre oportunas. Don Gabriel García Márquez, para mi nunca Gabo, llegó la segunda vez a mi vida para quedarse.

Quizás sea el momento de que él y solo él me devuelva la fe que he perdido, en estos días tan oportunos para creer en milagros. He vuelto a abrir Cien años de soledad y voy a llorar con él como si fuera la primera vez.

Simplemente gracias.

Instrucciones para dar el discurso perfecto (2a parte)

6. Deja hablar a tu compañero.
Muchos recuerdan a Glenn Hansard por ser ese pelirrojo que no dejó hablar a Marketa al recoger el Oscar. Qué manera de quedar fatal delante de todo el mundo. Menos mal que después dejaron salir a la pobre Marketa a decir sus palabras (está todo condensado en un único vídeo). Cuando Matt Damon y Ben Affleck ganaron el Oscar a mejor guión por El indomable Will Hunting el que llevó el liderazgo del discurso fue Ben. Pero Matt colaboró de una manera muy divertida, espontánea e inocente, soltando nombres sin parar. Fue divertido y muy acorde a las circunstancias.

7. Aprende inglés.
No hace falta que aprendas el acento (lo sabemos, Penélope, es complicado) y tampoco que digas el discurso íntegramente en inglés. Pero estos son los premios de la industria norteamericana, nos guste más o menos. Tanto Pe como Bardem lo hicieron decentemente en un discurso bilingüe. Jean Dujardin hizo prácticamente el ridiculo, Marion lo intentó y dejó para la posteridad un “Thank you live, thank you love”, pero otros ni siquiera lo intentaron. Un poco de decencia.

8. Sube con clase al escenario.

Aunque seas la payasa oficial de Hollywood (con permiso de Sandy), no te caigas al subir al escenario joder. Natalie Portman (esta vez sí) hizo una subida con clase al escenario. Su marido sabía lo que había que hacer y la llevo de la mano hasta el escenario con mucho estilo, todo muy de ballet, muy francés. Ahí sí.

9. Nunca jamás apoyes la estatuilla.

Yo nunca he tenido un Oscar en la mano, pero ya sé que pesa más de lo que parece.  Todo el mundo lo sabe. Apoyarlo en el suelo (como hizo Almodóvar) es directamente cutre. No te fíes de la repisa que a veces ponen delante, porque acabarás apoyando el Oscar e inconscientemente harás un gesto con él. Se reirán y tú no sabrás de qué. No lo hagas. Ni aunque te armes un lío con el discurso, el sobre y la estatuilla. El Oscar siempre en la mano.

10. Sé breve pero no te repitas
El punto más complicado. Salvo que te llames Daniel y vivas en una cueva, lo normal es pensar que no vas a volver a subir a ese escenario a recoger una estatuilla. Así que ya sabes, hay que quemar todos los cartuchos.

La brevedad es relativa y depende de tu status. Si eres un semi Dios en la tierra te dejarán hablar un buen rato. Si eres uno que pasaba por allí, tus segundos están contados y la música atronará rápidamente. Pero al menos, que eso que digas no lo hayamos escuchado ya en otros discursos de la temporada. Porque sí, antes de dar el discurso de los Oscars lo normal es haber tenido tiempo de practicar con otros premios (hay cientos, miles quizás). Jared Leto (mi protegido esta temporada) ha repetido lo de la depilación brasileña por lo menos en 3 discursos, igual que ha hecho la coña del “Allright” de Mateo en otros tantos. Por Dios, no. Basta. Y juro que como vuelva a decir algo así el próximo domingo, le negaré su condición de Ponychico13 y se la daré a… Jonah Hill, por ejemplo. No me falles.¡Brevedad sí, originalidad también!

¿Existe el discurso perfecto? Hay discursos muy buenos. Kate Winslet es una maestra de los discursos, es tierna, espontánea en su medida justa y divertida. Su discurso ganando uno de los Globo de Oro aquella noche es uno de nuestros vídeos preferidos de todo youtube, por muchos motivos, por uno concreto en realidad. Su discurso de Oscar fue impecable. Cate Blanchett comete algunos errores, pero tampoco suele fallar. Veremos qué tal el domingo.

Aunque todo esto al final es bastante fácil: nunca hagas lo que hizo Pedro Almodovar, el anticristo de los discursos, el ejemplo patente de lo que significa vergüenza ajena.

Instrucciones para dar el discurso perfecto (1a parte)

Voy a dar por hecho que ya nadie dice solo “gracias” cuando recibe el Oscar. Sé que mucha gente lo ha hecho a lo largo de los años, pero prefiero ignorarles. Sobre todo si son estrellas. Si son gente que no conozco de nada os lo agradezco yo a vosotros también por majos. Queda poco más de una semana y hay consejos básicos para hacer el discurso perfecto. Esta es la primera parte:

1- Emociónate, pero solo lo justo
El tema de las emociones juega malas pasadas en los Oscar porque hay que encontrar el punto exacto de emoción. No vale excederse, como hicieron Gwyneth Paltrow o Halle Berry, que se pusieron a llorar como unas mocosas y más que ternura inspiraba vergüenza ajena. Cuando Nicole Kidman recogió el suyo dijo algo así como “Russell Crowe me dijo que no llorara y lo estoy haciendo”. Russell sabía de lo que hablaba. Por eso Nicole lloró un poquito (todo lo que el botox le permitió), lo justo para que todos viéramos que estaba emocionada de verdad. Ella encontró el equilibrio después de girarse, respirar y empezar de nuevo. Charlize Theron (o esa persona que había debajo de los polvos de sol) empezó a sollozar en cuanto nombró a su madre (si conocéis la historia, está justificado) pero rápidamente se corrigió y dijo: “no voy a llorar”. En el otro extremo está el de recoger el Oscar como si fuera lo que haces todos los días. La excesiva tranquilidad de Natalie Portman (y eso que estaba embarazada y se supone que las hormonas te la juegan) se transmitió como frialdad, pese a que ella hacía que se secaba unas lágrimas que nunca cayeron. Todo el mundo sabía que ese era su Oscar y que ella es una persona muy equilibrada (eso parece) pero la muchacha prácticamente ni se inmutó. Hubiera sido peor que lo fingiera al nivel de Melissa Leo o de Anne Hathaway, sobreactuadas, con las palabras demasiado medidas y hasta las respiraciones controladas.

2- Haz reír
Pero que se rían contigo, no de ti. No mola que la gente descubra en tu discurso que te ríes como una hiena (la diosa Portman bajando a la tierra de un golpe cuando agradeció su segundo Globo). Mi broma preferida al recoger un premio fue la de Jennifer Lawrence al recoger su primer Globo de Oro, que le dijo a Harvey Weinstein un “gracias por haber matado a quien hayas tenido que matar para que yo esté aquí”. Todos sabemos cómo se las gasta el amigo, win win para JLaw. Kate Winslet dijo lo del bote de champú, Penélope preguntó si alguien se había desmayado alguna vez en el escenario (la muchacha al menos lo intentó), DDL se metió con Meryl (solo él puede), Julia Roberts dijo que ella ya tenía tele (era el premio que daban al discurso más corto) y hasta Colin Firth hizo chistes. Todos lo hacen, no seas soso.

3- Deja tu mensaje, trasciende.
Esto es dificil sin ponerse pesado. Dustin Hoffman hizo un buen alegato a favor de los actores menos mainstream pero le quedó demasiado intenso. Tampoco hace falta mandar a una india para dejar claro que estás en contra de este tinglado. Adrien Brody optó por trascender plantándole un morreo a Halle Berry pero no me refiero a eso. No puedes ganar un Oscar por Milk o por Philadelphia y no sacar las garras. Y precisamente por Milk hay dos ejemplos de cómo debe hacerse: Sean Penn y Dustin Lance Black. También lo hizo más que bien Tom Hanks por Philadelphia o Jamie Foxx cuando se llevó el Oscar de Leo y se acordó de Sidney Poitier.

4- ¿Lo llevo escrito?
Sí, sí y sí. Si no tienes una mente prodigiosa, si planeas excederte con el champán o si no te apetece pensar, por favor: escríbelo. Lee tu ristra de nombres lo antes posible, nadie les conoce y a nadie le importa. Nos ahorras tiempo, vergüenza ajena y ahorras disgustos a los que no han sido nombrados. Si Angelina llevara escrito lo que le dijo a su hermano, seguramente no lo diría. O sí, que Angelina era muy turbia (lo primero que dijo al coger el Oscar fue “I’m so in love with my brother right now!!”). Juliette Binoche desaprovechó su ocasión y no dijo nada más porque creía que se lo llevaría Lauren Bacall. A lo mejor también pensó que tendría una segunda oportunidad en su carrera.

5- Acuérdate de tus compañeros… y de tu mujer.
Que sí, que es muy tópico, pero queda genial. No hace falta que alabes a nadie ni que nombres uno a uno, tan solo di que es un honor compartir categoría. Suficiente. Y por favor, no hagas un Sean Penn y acuérdate de tu mujer aunque le hayas puesto los cuernos mil veces y te vayas a divorciar a las dos semanas. Robin se merecía eso (y más).  La tenía delante!! Rachel Weisz adelantó la maldición de los divorcios después del Oscar y se olvidó de Darren Aronofsky. Tampoco te pases, no hace falta que digas que es el amor de tu vida, como le dijo Brad a Gwyneth cuando él recogió el Globo. FAIL.

(continuará)

Hoy

Hoy no ha sido un buen día, pese a que conseguí ese regalo en menos tiempo del esperado. Pese a que no tuve problemas en las gestiones. Pese a que vi (uno de) mi(s) programa(s) preferidos en la televisión. Pese a que no volví a caerme en esa curva que me maldijo la rodila aquél lunes a las ocho y media de la mañana. Tengo cosas que hacer y se me acumula todo menos las películas por ver. Ni siquiera hemos podido emborracharnos como solíamos. Ya no lo haremos, pero todo funcionará del mismo modo. No le veré pero le pensaré y en eso me he mantenido todo este tiempo. Aferrada a esas imágenes, a esas dos anécdotas contadas que compartimos. Soy demasiado buena con las fechas.

Al final me he acordado de que esto también lo he abandonado y que no puede ser. Que siempre escribo lo mismo, que soy una pesada. Es otra de mis tareas pendientes, lo he apuntado en mi lista mental.

He consultado mil veces ese catálogo de libros por si aparece el que quiero dándole vueltas al título.  Como si las cosas fueran a aparecer delante de mí solo por el simple hecho de desearlas mucho. Mi madre me habla de lo mismo, de no me importa, y yo hago que escucho atenta.

Me preguntas que qué tal todo y yo no sé qué responder. Los recuerdos se apilan aquí y ni siquiera me ha dado tiempo a registrarlos en algún lugar. Las fotos son más efímeras que nunca, nunca encuentro tiempo para escribir, me asquean las canciones después de diez escuchas. Pasear no es divertido si no puedo llevar puestas mis gafas de sol. Y te veo en la distancia e intento saludarte pero no me miras. Continúo de frente, como si no me hubiera importado.

Me sumerjo en un disco nuevo, en música que no había escuchado antes y todo es extraño. Nunca encuentro el tiempo para hacerlo, aunque las horas se me esfumen y yo siga aquí sentada. Mi vida empezará la semana que viene, en apenas cuatro días, cuando todo vuelva a un estado de semi-normalidad que ya no reconozco. Esa lista.

De repente, es 2014. Y todavía tengo el balance del año pasado a medio hacer.

Las 3 canciones de las últimas semanas

Cambio el título porque esto va a ser un descontrol de canciones sin xeito. Prometo actualizar con más regularidad, esto no puede ser.

1- Gravity (Sara Bareilles) 

Desde la primera y última vez que hablé de Sara en este blog, la han nominado a un Grammy a mejor disco del año. Es mi nueva Oscar Jaenada. Y yo sigo enganchada.

Something always brings me back to you…

2- Chasing the sun (Sara Bareilles) 

 

Os lo he dicho. Esto es grave.

So fill up your lungs and just run…

3- Y sigas sin saber lo que es amor (Andrés Suárez) 

Me desperté con esta canción, con la parte esa de “Algo me aleja de ti…” y tuve que escucharla. Mil veces, como no podía ser de otra forma.

Vas a ver qué bien vas a estar sin mi…

 4– Si llueve en Sevilla (Andrés Suárez) 

A Andrés le gustan las Trianas, como dice Toby. Y aquí está, dándolo todo. Dios nos pille confesados.

5- I Lived (OneRepublic) 

 

The Voice me ha hecho mucho daño.

6- Let it be  

Hay que hacerlo muy mal para que a mí no me guste esta canción…

7- Afuera en la ciudad (Leiva) 

Aún no he decidido si me gusta lo suficiente. Pero sé que habrá más oportunidades.

Visualízalo

Un consejo muy típico de libros de autoayuda (y no es que yo haya leído muchos) es eso de visualizar lo que deseas para ponerte en marcha y conseguirlo. Así de fácil, joder. En esas entrevistas odiosas les encanta preguntar cómo te ves en 5 años. Tan simple como eso, ¿no sabes qué decir? ¿no sabes cuál es la respuesta adecuada? Pues deberías, porque esta persona delante de tí te mirará por encima del hombro si no respondes lo que tiene escrito en su hojita. A, B y C. El futuro es tan difuso que ni siquiera podrías responder a la pregunta de dónde estarás en un mes. Aquí, probablemente, aferrada a esta balsa con uñas y dientes. No escribo más porque vuelvo a caer en este bucle y me canso de mí misma.

Hace unas  semanas pasé caminando por la salida del Tirso, a las 2 de la tarde. Hacía un frío de muerte, ese aire gélido que te hiela el cerebro. En la esquina donde A. y yo nos hicimos amigas había dos niñas esperando y por un momento, fue casi igual. Nos vi allí y deseé dar marcha atrás. Darles un par de consejos. Explicarles que por esa cuesta que antes se subía en vez de bajar.

Me escribes y no sé qué responder. En realidad, nunca sé qué decir. Porque me muero de ganas de sacudirte y sacarte las palabras, pero no lo haces. Y yo empiezo a hablar de tonterías, a escribirte párrafos enteros como solía, intentando hacerte ver que tengo muchas cosas que contarte. Para que entiendas que me encanta que lo hagas, que empieces tú. Siempre tú. Te tiendo mis manos para que te agarres, pero cada vez que me acerco te resbalas. Algo dejó de funcionar y ahora todo es raro. Tan simple, tan complicado, tan extraño. Y te echo de menos. Mucho más de lo que creí que podría hacerlo. Es dificil no poder hablar de esto con nadie. El monstruo debajo de mi cama, mi auténtico fantasma en el armario.

Todo el mundo sabe que la Navidad no empieza hasta que D.y C. y yo no nos vemos. Y cuando lo hacemos, ni siquiera hace falta que se oiga un clic, porque sabemos que funciona. Yo bebo café y ellas cualquier otra cosa. Las trufas de mi madre, el árbol colocado antes de tiempo, las postales del extranjero, el maldito turrón por todas partes. Es Navidad y tengo que empezar a creérmelo, aunque las luces que parpadean me molestan.

Mañana reencuentro en Santiago. Contándonos las cosas que no nos hemos contado antes. Hará frío, no será lo mismo, pero acabaremos en la Capitol gritando su nombre y todo valdrá la pena de nuevo.

Visualízalo.

Las 3 canciones de la semana (193, 194 y 195)

Otra semana triple, porque sí.

1- In the end (Linkin Park) 

Esta va por A. y sus gustos adolescentes e inmortales!

2- Copenhague (Vetusta Morla) 

Os habéis puesto a los pies de nuestros caballos, por ladrones.  Pero joder. Qué grande es Copenhague.

Se quito la ropa sueña con despertar  
en otro tiempo y en otra ciudad …

3- Brave (Sara Bareilles) 

Tengo una nueva obsesión. Se llama Sara. La conocí cantando en  The Voice. Y me he enamorado. A ven qué mundo no me gusta a mi una cantautora, que toca el piano y canta en inglés. No en este, desde luego.

Nothing’s gonna hurt you the way that words do
When they settle ‘neath your skin…

4- Manhattan (Sara Bareilles) 

Después no digáis que no os he avisado.

And I’ll tip toe away
So you won’t have to say
You heard me leave…

5- No tengas miedo (Fabián) 

Fabián, Fabián, cómo nos la has jugado chaval. Nosotros que te queremos, te adoramos, te apreciamos y te escuchamos con devoción. Que no vuelva a ocurrir. Venirse, sí, pero solo cuando nosotros podamos ir. Mientras tanto,  me quedaré aquí eternamente…

¿Ves? Por cada piedra que te encuentres,
habrá un motor que te recuerde a mi, 
pequeño clic adolescente…

6- Chainatown (Iván Ferreiro) 

Sí, sé que las puse la anterior vez que publiqué una lista de la semana, pero es que es obligatoria. Es un proyecto de clásico. Y gritársela, en la Capitol, es una de esas cosas que deseaba hacer y que hice disfrutándolo mucho.

Estuviste aquí, no me lo inventé…

 7- El fin de la eternidad (Iván Ferreiro) 

L. es más de la otra, la mía es esta. Compartimos. Pequeñas joyas.

Recuerda que soy,
quién luchaba con las sombras en las playas,
espalda con espalda junto a tí…

8- El equilibio es imposible (Piratas) 

Siempre será mi number one.

Si cada vez que vienes me convences 
me abrazas y me hablas de los dos…

9 -Extrema pobreza (Iván Ferreiro) 

Nos la debes. Y ¿sabes qué? NO ME VOY A OLVIDAR.

Tristemente puesta en pie,
acaricias con los dedos la esperanza muerta…